Pegada a Tí

Estoy pegada a tí como el azúcar quemado, azúcar quieto, caliente, sobre natillas frías. Tan pegada a tí como el verde se pega al azul (¿o es al revés?)
Me miro en tu espejo, a hurtadillas, para que te veas completo, antes que la brocha por tu barba se pierda.

Las seis de la mañana. Sigo pegada a tí. Preparando la ruta diaria, el metro, el autobús, el coche no sale hoy, el coche es mío hoy. Pegada a tí, te digo por lo bajo “que hace mucho frío, mucho, mucho”, y me envuelvo en tu chaqueta y en tu bufanda y en tus risas, shhhhh, que es temprano; y te sigo hasta la puerta, mientras te das prisa. Pero te irías quedando. Cuéntame el cuento de… Ahora sí te vas a toda prisa, y mientras voy a la cocina porque olvidé desayunar, me pongo a cavilar, pegada a tí en mis pensamientos. ¡Debo ser un asco! ¿A quién se le ocurre incordiar así?

La tarde avanza, en un país donde los niños son adultos y los adultos niños. Y cuando vuelves por la acera, una ráfaga de indescriptible serenidad lo envuelve todo. Las ruedas del cielo giran todas sus rostros hacia aquí, una acera quejumbrosa, con más hoyos que estrellas. Ya no estoy pegada a tí, sinó unida a tí. Ya no es hora de jugar, es hora de amar en serio.
Como los niños hacen
en este país.

Imagen:  © Roy McMahon/CORBIS

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