Vuelta Abajo

Imagen: © Anthony Redpath/Corbis

Había estado lloviendo toda la noche una lluvia fina que chapoteaba los tejados de las casas de piedra, los adoquines seculares, y poco a poco los charcos se iban transformando en una riada que caía, calle abajo, resbalando y haciendo que minúsculas gotas de agua saltasen por entre los resquicios libres del camino.

Allí iba la lluvia, visitando de nuevo, arrastrando de nuevo, llevándose consigo el tumulto de tantos días. Las puertas de madera se quedaban húmedas en su base al paso de aquel elemento rejuvenecedor. Piedras colocadas de forma irregular contemplaban el líquido que no llegaban a absorber, tan sedientas estaban por alcanzar un buen baño que limpiase hasta la ventana más pequeña de alguna casa casi tan antigua como el día que fue fundado el pueblo donde se construyó. Calles vetustas, deformadas por el tiempo, tristes y felices casas de antaño, donde una verja invita a pasar, y una puerta a buscar refugio.

El se despertó temprano y a ciegas casi llegó hasta la ventana de su fría habitación. La lluvia seguía golpeando el cristal, pero ya no había riada, tan solo el pavimento brillante , las farolas apagadas, el frío temprano y los árboles casi en flor, y más allá el campo de pinares, donde había jugado tantas veces de niño. El aroma a café le despertó completamente de su ensueño, y se abrigó para salir y ver los lugares que siempre había guardado en su recuerdo. Al bajar, entró en una cocina de quinientos años, donde una nevera más bien inapropiada soltaba ruidos de vez en cuando que se iban mezclando con el de aquella lluvia. ¡La lluvia, sí! Quería verla, quería empaparse de ella, ver niños correr, aves cruzar el cielo en busca de su nido.

El olor a café venía de calle arriba, seguramente el bar del pueblo, pensó; y se dirigió con pasos rápidos, sin paraguas, dejándose mecer por la fría sensación de la lluvia sobre el rostro.
Cuando llegó, tan sólo estaba Don Esteban, el dueño, lustrando vasos y haciendo café para su familia, que vivía en el piso de arriba. Una vez más, nuestro visitante había llegado sin anunciarse, y Don Esteban se quedó sorprendido al verle, aunque nuestro protagonista siempre diría que no fue así, sino que aquel Don Esteban de la barba fina se había quedado absolutamente petrificado ante la llegada de alguien a quien los años no habían cambiado en absoluto.

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