VUELTA ABAJO **

Imagen: © Anthony Redpath/Corbis

¿Cuánto tiempo había pasado desde que se fué de la aldea? Y, sin embargo, allí estaba, con el rostro feliz y suave, como en los viejos tiempos. Todavía llevaba el pelo con el mismo corte, años cincuenta, tupé alto y engominado. ¿Cómo podía ser?

Ciertamente, Don Esteban pensaba eso mismo. El ahora tenía las piernas cansadas, la vista débil para leer las cuentas del bar, los oídos un poco abotargados, y el habla más lenta. Su mirada clavada en la de aquel visitante parecía salida de un cuadro, inmóvil, directa, y sobretodo llena de incógnitas. Mientras el visitante todavía permanecía en el quicio de la puerta, Don Esteban paño y vaso en mano le preguntó balbuceando si era él, en verdad, si se trataba del mismo, si no era un hijo con un físico clavado al de su padre. Pero la lluvia estaba arreciando de nuevo, y su voz se quedó en la distancia, difícil de comprender.

El visitante volvió el rostro a la lluvia, levantó los ojos y contempló las nubes atizonadas que mostraban una tormenta. Sin paraguas, tenía el cuerpo encharcado, y decidió entrar a guarecerse.

Se acercó al mostrador, donde Don Esteban seguía con aquella mirada de borrego confundido. Este no sabía qué hacer exactamente. Por su mente pasaban los recuerdos que tenía de aquel muchacho con su mismo rostro, aquel muchacho que había segado con él en los campos, hacía tantos años ya. El mismo con quien celebró las fiestas de su juventud, con quien compartió los primeros desengaños amorosos. Ahí estaba aquel joven, bien puesto y dispuesto, a pesar de que la lluvia lo hubiese calado hasta los huesos. Y sin embargo él, Don Esteban, tenía ya una prole creada, más que prole era yan descendientes lo que tenía, contando los dos nietos de su hija Isabel. Ahora ya no habían desengaños que contar, sino paseos a los nietos por el parque del pueblo.

El visitante vio cómo Don Esteban mantenía esa mirada entre soñoliento y asustado, y, simplemente, sonrió. Don Esteban vio la hilera de dientes, sin faltar ni uno, y se conmovió.

¿Quién eres? Tú no puedes ser Amalio, eso es imposible.  ¿Quién eres?, repitió.

Amalio Contreras Barbogal, nacido en 1938, vecino de Rocafría, en el partido de Terviente. Un joven respetable, hijo de Ceferino Contreras y de Cándida Barbogal, hermano de Luis, Carlos y José. Desaparecido. Desaparecido. Desaparecido.

Las palabras resonaban en su cabeza como mazazos, todavía. Su entonces novia, Miguela, le había leído el parte de la guardia civil. Su amigo de toda la vida se esfumó y hoy volvía con aquella lluvia violenta por momentos, que amenazaba otra de las famosas riadas en el pueblo.

Ahí estaba el visitante, mirando a Don Esteban, con el rostro medio jocoso, diciéndole no te preocupes, Esteban, tranquilízate, sí soy yo. No te asustes.

Y Don Esteban dejó caer el vaso, y sin siquiera mirar cómo o dónde caía, le dijo que sí estaba asustado. No comprendo cómo has venido a parar aquí ni por qué. Esto no puede ser un sueño. No me estoy muriendo, ¿verdad? Su voz ahora balbuceaba como la de un chiquillo que no comprende el por qué de las cosas.

Y así, Emilio, aquel Emilio que no había cambiado, miró el mostrador, tomó el paño de las manos tensas de su interlocutor, y recogió despacio los trozos de vidrio roto, mientras la lluvia se transformaba allá afuera en verdadero aguacero. Lo envolvió todo y lo dejó sobre el mostrador, y mirando a Don Esteban, le dijo como quien no quiere la cosa:

Anda, sírveme un café.

VUELTA ABAJO *

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