La verdad sobre Giglio d’Auletta

En una sala iluminada únicamente con velas, seis personas estaban sentadas alrededor de una mesa. La penumbra no permitía discernir claramente los rostros de los allí presentes. Pero se trataba de cuatro hombres y tres mujeres. Oscuras cortinas absorbían el resplandor de las llamas y un olor de mirra endulzaba la estancia. Doce manos dispuestas sobre la mesa dibujaban un círculo de reloj cuyas cifras se repetían doblemente. En el centro, una antigua fotografía de un soldado miraba el techo de la estancia.

Uno de los hombres, vestido de negro, destacaba entre los allí presentes. Y el ambiente tenía algo de espesura, de peso emocional, de misterio. Las velas iluminaban las cabezas que miraban la fotografía. Únicamente el hombre observaba un punto distante, imposible de acertar. Las manos se unieron y se escuchó un profundo suspiro común. Tras un silencio que duró cerca de cinco minutos, el hombre que observaba la distancia comenzó a parpadear, ligeramente al principio y luego nerviosamente; contorsiones corporales siguieron a dichos movimientos oculares, mientras los demás seguían en profundo silencio. Las llamas de las velas se movían con diferentes trazos, hasta que las llamas comenzaron a moverse furiosas. La voz dijo: No quiero ir, no quiero ir, mamá. Y dos manos se levantaron en extraño movimiento. Una de las dos mujeres preguntó: eres tú, Stephan? Eres tu?. Y la voz dijo: Madre, no quiero ir a la guerra. El hombre dejó salir de sus labios nuevos sollozos y la mujer sollozaba también

Imagen de cabecera:
Emisión de ectoplasma, con la médium polaca Stanislawa Popielska.Tomada de GrupoEspiritualIsladeLaPalma

Texto de Carmen

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La Esposa del Anticuario I

El anticuario poseía una distinción peculiar en su andar y en la forma que tenía de preguntar. Alzaba las cejas tantas veces que parecía casi un milagro que su frente no presentase surcos permanentes dejados por sus huellas. Nunca se le había visto más que con sus trajes elegantes, su sombrero de ala ancha y su bastón, de madera de ébano, algo que le hacía parecer mayor de lo que ya era, y sin duda ofrecía una imagen más fraternal que galante.
Algo había en él de orgullo contenido y mucho de misterios sin resolver, enigmas que se pasaba noches enteras intentando dar con respuestas válidas; y lo hacía por puro placer sentimental, pues era de esa clase de personas a las que nada les satisface y a nadie pueden completamente satisfacer. Era un peregrino del amor, por ejemplo, y más bien amaba el ideal y lo que la mujer simbolizaba para él que cualquier muchacha rebosante de belleza efímera.
Tenía, eso sí, un cariño muy especial para con los animales. Pero no poseía ninguno en su mansión de las afueras de la ciudad, donde los ricos empresarios, herederos y vividores paseaban a sus perros alanos, bulldozers, galgos, con orgullo mezquino, con mezcla de aspavientos y frialdad absoluta, algo de lo que el buen hombre realmente carecía.

El amaba. Amaba con devoción. Eso, cuando amaba. Entonces su vida se transmutaba y hacía de él un instrumento en vez de beneficiario.
La gente intuía que albergaba misterios, más no podían comprender cuáles serían. Simplemente, su mirada delataba antiguas sabidurías nunca propagadas, guardadas herméticamente por los alquimistas del tiempo que pasa, aquellas personas que podían tornar lo efímero no solamente en perdurable, sino también en eterno. Aquel anticuario, deseado por su posición y su economía, vivía alejado de la vida bohemia y tan sólo aparecía en los lugares y momentos en los que las gentes solían esconderse o huir. Cuando un país entraba en guerra, ya él había visitado hacía tiempo sus tabernas, recovecos, casas señoriales, tránsfugas con necesidades económicas. Había ya adquirido sus polvorientos cuadros, sus brillantes joyas, sus pertenencias más queridas, por menos de lo que representaban. Como decía el adagio, cuando sonaban los cañones, compraba. Cuando sonaban los violines, vendía. Ese adagio que su padre le inculcó en su tierno corazón desde que era niño. Así lo dijo también el autor de…

Imagen de cabecera: Las Artes de Piranesi. Arquitecto, grabador, anticuario, vedutista y diseñador

Andina y las guirnaldas

Cuántas guirnaldas adornaban la casa de Andina? Caían como por encanto sobre el jardín, cuando el viento se pronunciaba en asedio, tras los días de temprana dulzura de primavera. Los cielos tenían los tonos del azul escondido, ese azul que solo se puede ver en sueños. Los árboles tañían con sus ramas el vaivén del atardecer. Allí mismo, en aquel sendero habían aparecido los muchachos de la feria del pueblo, y todos ellos traían flores en guirnaldas para Andina.

Ella, desde la ventana los veía venir, desde los cristales húmedos por su aliento, por su risa, por su curiosidad. Andina, la hija del alguacil, la que sabe a amores mil, la que tiene los ojos de suave mirada, la de la sonrisa temprana, la que oye los pájaros cantar y se embelesa. Aquella misma.

Ellos llevaban un manto de amor en forma de guirnaldas. La habían visto pasear de la mano de su padre, hacía ya dos días. Y se lo habían prometido. En dos días será el cumpleaños de mi hija, venid con guirnaldas, traed flores, y yo os pagaré bien.

Ese azul conmovedor, esas risas que vienen de lejos, esos muchachos… Andina se aparta de la ventana, esperando que no la hayan visto. El lazo de su pelo va cayendo, dichoso, por entre las almohadas y ella se deja caer sobre su cama. Esperando.

La casa se ha llenado de guirnaldas. De perfumes y de emociones. Los muchachos la llaman desde el árbol de tristes hojas, caídas como lágrimas en abanicos sin orden…. Y la llaman.

Ha pasado cierto tiempo. Caen las piedras de la parte alta. De la ventana no sale nada. Ni siquera humo, ni siquiera la luz de una llama. Las guirnaldas se fueron con el viento, arrastradas hacia la maleza, hacia un lago oscuro, hacia el horizonte incierto.

Andina ya no está. Se la llevaron los guardias, la amenazaron. Y la sacaron del pueblo.

Eran otros tiempos. Tiempos en los que Andina no podía mantener el reloj de su vida. Tiempos de lucha, de olvido, de reyertas.

Andina se fue. Pero las guirnaldas se fueron con ella, y por algún camino todavía van dando vueltas alrededor de una luna de plata. Es el viento, es el lago, es el cuerpo de un fantasma, de un amor olvidado.

Imagen: lorde3

Proclamación del 21 de marzo como Día Mundial de la Poesía

QuéLeer

Durante su 30° reunión, en París en octubre-noviembre de 1999, la Conferencia general de la UNESCO decidió de proclamar el 21 de marzo, como Día mundial de la poesía. Tras haber analizado pormenorizadamente la situación de la poesía en este final de siglo, se enunciaron las consideraciones siguientes:

i) En el mundo contemporáneo hay necesidades insatisfechas en el terreno de la estética que puede atender la poesía en la medida en que se reconozca su papel social de comunicación intersubjetiva y siga siendo instrumento de despertar y de expresión de toma de conciencia.

ii) Existe desde hace veinte años un verdadero movimiento en pro de la poesía, habiéndose multiplicado las actividades poéticas en los distintos Estados Miembros , aumentado con ello el número de poetas.

iii) Se trata de una necesidad social que impulsa en particular a los jóvenes a volver a las fuentes constituyendo para ellos un medio…

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VUELTA ABAJO **

Imagen: © Anthony Redpath/Corbis

¿Cuánto tiempo había pasado desde que se fué de la aldea? Y, sin embargo, allí estaba, con el rostro feliz y suave, como en los viejos tiempos. Todavía llevaba el pelo con el mismo corte, años cincuenta, tupé alto y engominado. ¿Cómo podía ser?

Ciertamente, Don Esteban pensaba eso mismo. El ahora tenía las piernas cansadas, la vista débil para leer las cuentas del bar, los oídos un poco abotargados, y el habla más lenta. Su mirada clavada en la de aquel visitante parecía salida de un cuadro, inmóvil, directa, y sobretodo llena de incógnitas. Mientras el visitante todavía permanecía en el quicio de la puerta, Don Esteban paño y vaso en mano le preguntó balbuceando si era él, en verdad, si se trataba del mismo, si no era un hijo con un físico clavado al de su padre. Pero la lluvia estaba arreciando de nuevo, y su voz se quedó en la distancia, difícil de comprender.

El visitante volvió el rostro a la lluvia, levantó los ojos y contempló las nubes atizonadas que mostraban una tormenta. Sin paraguas, tenía el cuerpo encharcado, y decidió entrar a guarecerse.

Se acercó al mostrador, donde Don Esteban seguía con aquella mirada de borrego confundido. Este no sabía qué hacer exactamente. Por su mente pasaban los recuerdos que tenía de aquel muchacho con su mismo rostro, aquel muchacho que había segado con él en los campos, hacía tantos años ya. El mismo con quien celebró las fiestas de su juventud, con quien compartió los primeros desengaños amorosos. Ahí estaba aquel joven, bien puesto y dispuesto, a pesar de que la lluvia lo hubiese calado hasta los huesos. Y sin embargo él, Don Esteban, tenía ya una prole creada, más que prole era yan descendientes lo que tenía, contando los dos nietos de su hija Isabel. Ahora ya no habían desengaños que contar, sino paseos a los nietos por el parque del pueblo.

El visitante vio cómo Don Esteban mantenía esa mirada entre soñoliento y asustado, y, simplemente, sonrió. Don Esteban vio la hilera de dientes, sin faltar ni uno, y se conmovió.

¿Quién eres? Tú no puedes ser Amalio, eso es imposible.  ¿Quién eres?, repitió.

Amalio Contreras Barbogal, nacido en 1938, vecino de Rocafría, en el partido de Terviente. Un joven respetable, hijo de Ceferino Contreras y de Cándida Barbogal, hermano de Luis, Carlos y José. Desaparecido. Desaparecido. Desaparecido.

Las palabras resonaban en su cabeza como mazazos, todavía. Su entonces novia, Miguela, le había leído el parte de la guardia civil. Su amigo de toda la vida se esfumó y hoy volvía con aquella lluvia violenta por momentos, que amenazaba otra de las famosas riadas en el pueblo.

Ahí estaba el visitante, mirando a Don Esteban, con el rostro medio jocoso, diciéndole no te preocupes, Esteban, tranquilízate, sí soy yo. No te asustes.

Y Don Esteban dejó caer el vaso, y sin siquiera mirar cómo o dónde caía, le dijo que sí estaba asustado. No comprendo cómo has venido a parar aquí ni por qué. Esto no puede ser un sueño. No me estoy muriendo, ¿verdad? Su voz ahora balbuceaba como la de un chiquillo que no comprende el por qué de las cosas.

Y así, Emilio, aquel Emilio que no había cambiado, miró el mostrador, tomó el paño de las manos tensas de su interlocutor, y recogió despacio los trozos de vidrio roto, mientras la lluvia se transformaba allá afuera en verdadero aguacero. Lo envolvió todo y lo dejó sobre el mostrador, y mirando a Don Esteban, le dijo como quien no quiere la cosa:

Anda, sírveme un café.

VUELTA ABAJO *

Cultura promueve la poesía vía Twitter con el concurso “Descubre al poeta”

QuéLeer

El ministerio de Educación, Cultura y Deporte, a través del Observatorio de la Lectura y el Libro, promueve desde hoy en twitter el concurso “Descubre al poeta”, para conmemorar la celebración del Día Mundial de la Poesía 2015, el próximo 21 de marzo.

El Observatorio de la Lectura y el Libro invita a los usuarios de la red social a averiguar la identidad de un poeta con la ayuda de varias pistas con información sobre su vida y obra, que se ofrecerán en la cuenta @observalibro y con la etiqueta #descubrealpoeta.

Los internautas deberán enviar sus tuits con el nombre del poeta a la cuenta @observalibro, añadiendo la etiqueta #descubrealpoeta, desde el 12 hasta el 22 de marzo.

El ganador será elegido por sorteo el 23 de marzo entre todos los “tuiteros” que acierten el nombre del poeta, y recibirá un lote de libros de poesía.

FUENTE: es.noticias.yahoo.com

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Lloran y lloran los vidrios

Maravillosas palabras ….

PlumayLuz

Sotano

Lloran y lloran los vidrios
de las ventanas del alma,
porque el calor que guardaban
por las rendijas se escapa,

entre suspiros helados,
sobre huellas de pisadas
que la nieve va dejando
olvidadas tras mi espalda.

Ruedan y ruedan recuerdos,
de la mente se me escapan,
de la memoria que un día
llenaba de tus miradas,

porque hoy mis ojos se olvidan
de las cálidas mañanas
que perseguía tu sombra,
que tras tus pasos marchaba.

Sueñan y sueñan mis noches
con enamorar al alba,
con abrazarse a su luz,
con besar su boca blanca.

De los paseos en tardes
apenas me queda nada,
no encuentro aquellas caricias
que en mis bolsillos guardaba.

…Y así se enfría mi alma,
y mi recuerdo se apaga,
con la humedad del rocío
llorando en esas ventanas…

© 2015  J. I. Salmerón

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