La Esposa del Anticuario I

El anticuario poseía una distinción peculiar en su andar y en la forma que tenía de preguntar. Alzaba las cejas tantas veces que parecía casi un milagro que su frente no presentase surcos permanentes dejados por sus huellas. Nunca se le había visto más que con sus trajes elegantes, su sombrero de ala ancha y su bastón, de madera de ébano, algo que le hacía parecer mayor de lo que ya era, y sin duda ofrecía una imagen más fraternal que galante.
Algo había en él de orgullo contenido y mucho de misterios sin resolver, enigmas que se pasaba noches enteras intentando dar con respuestas válidas; y lo hacía por puro placer sentimental, pues era de esa clase de personas a las que nada les satisface y a nadie pueden completamente satisfacer. Era un peregrino del amor, por ejemplo, y más bien amaba el ideal y lo que la mujer simbolizaba para él que cualquier muchacha rebosante de belleza efímera.
Tenía, eso sí, un cariño muy especial para con los animales. Pero no poseía ninguno en su mansión de las afueras de la ciudad, donde los ricos empresarios, herederos y vividores paseaban a sus perros alanos, bulldozers, galgos, con orgullo mezquino, con mezcla de aspavientos y frialdad absoluta, algo de lo que el buen hombre realmente carecía.

El amaba. Amaba con devoción. Eso, cuando amaba. Entonces su vida se transmutaba y hacía de él un instrumento en vez de beneficiario.
La gente intuía que albergaba misterios, más no podían comprender cuáles serían. Simplemente, su mirada delataba antiguas sabidurías nunca propagadas, guardadas herméticamente por los alquimistas del tiempo que pasa, aquellas personas que podían tornar lo efímero no solamente en perdurable, sino también en eterno. Aquel anticuario, deseado por su posición y su economía, vivía alejado de la vida bohemia y tan sólo aparecía en los lugares y momentos en los que las gentes solían esconderse o huir. Cuando un país entraba en guerra, ya él había visitado hacía tiempo sus tabernas, recovecos, casas señoriales, tránsfugas con necesidades económicas. Había ya adquirido sus polvorientos cuadros, sus brillantes joyas, sus pertenencias más queridas, por menos de lo que representaban. Como decía el adagio, cuando sonaban los cañones, compraba. Cuando sonaban los violines, vendía. Ese adagio que su padre le inculcó en su tierno corazón desde que era niño. Así lo dijo también el autor de…

Imagen de cabecera: Las Artes de Piranesi. Arquitecto, grabador, anticuario, vedutista y diseñador

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Pegada a Tí

Estoy pegada a tí como el azúcar quemado, azúcar quieto, caliente, sobre natillas frías. Tan pegada a tí como el verde se pega al azul (¿o es al revés?)
Me miro en tu espejo, a hurtadillas, para que te veas completo, antes que la brocha por tu barba se pierda.

Las seis de la mañana. Sigo pegada a tí. Preparando la ruta diaria, el metro, el autobús, el coche no sale hoy, el coche es mío hoy. Pegada a tí, te digo por lo bajo “que hace mucho frío, mucho, mucho”, y me envuelvo en tu chaqueta y en tu bufanda y en tus risas, shhhhh, que es temprano; y te sigo hasta la puerta, mientras te das prisa. Pero te irías quedando. Cuéntame el cuento de… Ahora sí te vas a toda prisa, y mientras voy a la cocina porque olvidé desayunar, me pongo a cavilar, pegada a tí en mis pensamientos. ¡Debo ser un asco! ¿A quién se le ocurre incordiar así?

La tarde avanza, en un país donde los niños son adultos y los adultos niños. Y cuando vuelves por la acera, una ráfaga de indescriptible serenidad lo envuelve todo. Las ruedas del cielo giran todas sus rostros hacia aquí, una acera quejumbrosa, con más hoyos que estrellas. Ya no estoy pegada a tí, sinó unida a tí. Ya no es hora de jugar, es hora de amar en serio.
Como los niños hacen
en este país.

Imagen:  © Roy McMahon/CORBIS

Por  calles  de ecos precisos, de nombres antiguos, preciosos…
Como los preciosos colores del alba, del atardecer…
Nazarita, donde la sabiduría se quedó, viviente, más allá del tiempo,
bajo nuestros pasos, reverberando voces y olvidos…

Tú caminabas lentamente junto a mí,
me diste tu mano, mulliste tu brazo en el mío,
uniste tu hombro al mío, caminaste hasta fijar tus ojos sobre el suelo,
junto a mí.

Y tu voz, feliz por siempre, halagada en aquel espacio,
donde gentes observaban en silencio tu original forma de decir: Soy Feliz.

Tú, sabio de las artes, de las ciencias, del pasado, sorprendidos tus ojos en los míos,
aquella eterna primera vez.

Tú, enigma de muchos, desconcertante, pero sencillo como un niño en realidad:
meticuloso, celoso, temeroso de perder esa felicidad compartida.

Tan grande fue el descubrimiento que no lo pudimos soportar.
Tan grande la luz, que nos cegó.
Tan real que no lo podíamos creer.

Imperecedero Amor, silencios que hablan, ojos que duermen en los ojos del Amado, descanso en el Amor. Me dijiste que “todo lo sabías acerca de nosotros”, que “lo sabías todo”
y luego, las gentes me decían que mis ojos reflejaban a quien bien me amaba.

Tú, docto miedoso, cuántas veces te ví sufrir.

(No quiero ni pensarlo)

Cuántas veces, al llegar a casa, cerraba la puerta y mis lágrimas me hacían compañia,
lágrimas que te hubiese gustado compartir.

Tú, el que sabía lo que tenía, y temía perderlo.

Sé que ambos escribimos los mismos versos,
inaudita coincidencia,
esclarecedora verdad.

Y así, tú te meciste en el Amor Cegador,
nos llenamos de dolor,
sin saber por qué.

Me ves en mil lugares, en tus momentos de soledad.
Te siento en mis pensamientos, en mis dulces noches,

Y escucho tu llamada,
Y comprendo tus éxitos.
Son los nuestros, llenos de enigmas,
llenos de palabras sin pronunciar.

El miedo sucumbió
Y mi fervor se tranquilizó….

Pero sé que buscas lo que busco yo,
Lo que perdimos, al ganar la gran complicidad
de nuestros recuerdos.

Ahora no hay que ofrecer una rosa, como antes,
sinó un bosque frondoso, de hadas y duendes y espíritus protectores.

No hay que ofrecer ahora un beso,
sinó caricias que nunca terminen.

No hay que dar un tiempo,
sino la Eternidad.

Y así sé que buscas mi nombre en el tuyo.

Lo que ocurrió fue un don Divino
que ni tú ni yo podíamos esperar.
Más, ocurrió; tus manos temblaron,
tus ojos lloraron,
ante la imposibilidad de decir
abiertamente,
lo que tu corazón gritaba por los pasillos
de nuestras vidas.

No te olvido, protector,
pero intento olvidar
tu sentido del control,
tus berrinches sin venir a cuento,
tus enfados por que sí.

El miedo que tenías a perderme
hizo que saliese yo una mañana gris
por aquella puerta,
la que antes me había dado la vida.

Tú, entre líneas escritas,
escribes mi nombre,
en tus dedicatorias
delicadamente escribes
la inicial misteriosa.

Mientras las gentes se preguntan
el porqué de tus puertas cerradas,
de tus silencios,
mientras tus cabellos se van tornando más blancos.

Mientras, el fruto de tanta imposibilidad
se transformó en éxito mundano.

Y por ello, te felicito.
Hasta pronto, Sabio Maestro.

Imagen: East of Sun and West of Moon
La Bella Durmiente-Cupido y Psique

Siempre a la espera …

Tú…
Me lleno de ti cuando te veo, te siento, te quiero…
Tú, tú me traes,
y me llevas al azul del firmamento…
Tu, y solo tú…,
a tus brazos yo me entrego, con deseo…

…Cuando me marcho, tú,
tú vienes conmigo, con mi recuerdo…

No te preocupe si algún día
no puedes estar o contestar,
que igual te quiero,
que igual te sueño,
que igual te anhelo,
que yo seguiré aquí,
esperando tu regreso.

A la vera de este río de Amor que a ti te lleva…,
y te trae hasta mis brazos en espera…

A la espera de tu cuerpo, de tu risa, de tus besos…,
que aquí esperaré
hasta que la lluvia de tu ausencia cese
y deje de calar mi vida entera…

…No temas, yo seguiré aquí,
siempre a la espera…

© 2014 J. I. Salmerón
Imagen extraída de Siempre a la espera

PLUMA Y LUZ

El Buscador de la Verdad. A Hypatia

Las palabras cayeron de tus manos cuando crucé el umbral de tu vida. Apenas podía darme cuenta: Estaba en otro mundo, viviendo lo que mis sueños nunca me dijeron, sumida en voces y nombres, entre gritos y susurros que no habían perecido, que vivían bajo nuestros pies, en cuevas perdidas, laberintos donde el viento reposa y espera. Aquél día supe porqué había perdido parte de mi alma, una vez. Supe que los rostros volvían a mirarme, con nombres que tan sólo se pronuncian en libros y mentes repletas de historia. Bajo el mar, las estrellas seguían brillando, mientras en mi rostro la sonrisa contrastaba con tu serio mirar. ¿Qué habías encontrado? ¿Qué viste a través de mi alma? El buscador de la verdad, caminando cabizbajo por pasillos eternos, se había parado a mirar.
Mirar: tocar con la mirada un corazón que volvió a latir como antes lo hizo el de una mujer, en este mismo sitio, entre columnas de mármol, papiros y hojas de laurel…

Más tarde me llevarías por los mismos caminos, por el tumulto nostálgico del atardecer. Sin prisas me dijiste quién era. Sorprendida te inquirí “cómo lo sabias”. Tu mano se alzó, ondeando al aire. Lo sabías. Y tú ibas a ser mi maestro, como de ella lo fue él, y casi moriría como aquella mujer. Casi sufriría el tormento de su propia muerte. Más la mía no sería física, sino que poco a poco irías arrancando las capas de mi alma, una a una. Como ella, mi vida parecería que iba a sucumbir. Pero una mañana salí del umbral; salí hacia el cielo abierto, con un viento frío, como mi corazón. Y me di cuenta de que mi alma no había muerto todavía. Comencé a caminar, triste y dolida, pensando en aquella mujer.
Mientras, tú me perdías y ya sólo en tus sueños seguirías buscando esa verdad.

Palabras

“Hoy he hecho lo que hacía tiempo deseaba hacer, para recordar los nombres de nuevo. Los nombres tal y como tú los pronunciabas. Aquellas palabras extrañas a mis oídos, que luego supe de sus significados: alma, verdad… Y al pronunciarlas se acerca el recuerdo de tu voz, tu forma de decir las cosas. Tengo que admitir que al principio me sentía nerviosa por dentro, intentando decir las cosas de la forma más natural posible. Se que algo o alguien me ayuda a mantenerme serena, pero si diera rienda suelta a mis emociones, me verías llorar. Cuando me escuches sabrás por qué digo las cosas que digo, por qué me paro en las pausas, el significado de los silencios y de las palabras, las que nos unen en el laberinto de un recuerdo incomprensible. Dirás que es casualidad. Dirás que se trata de alguien muy parecido a mí. Dudarás y no podrás admitir que vuelven los ecos de aquellas tardes caminadas con lentitud, de aquellas conversaciones herméticas, y de aquellos ojos mantenidos en los míos durante largos, eternos segundos.

Hay algo que echo de menos en todo esto. Sería la esencia viviente de todo cuanto pasó. Me gustaría habérmelo llevado conmigo, tenerlo aquí, ahora, darle el aliento del agua cada tarde, o al anochecer. Y al hacerlo, ver el mar, y la luna, y, más allá… verte a ti. Sería como tener algo que ambos acariciamos, aquella planta de nombre exótico, adquirida para celebrar que cuidabas de mí. Aquellas piedras incrustadas, que ahora me recuerdan el pasado de un pasado. Tú y tus manías. Tú y tus sonrisas. Tú y tus altibajos. Tú estarías ahora en este balcón frente al mar que me trae tu mar, tendrías la ocasión de beber de mi mano, mientras yo besaría esas hojas que nunca se marchitaban. ¿Dónde estará ahora? ¿Qué manos la cuidarán? ¿Estará fresca? ¿O marchita? ¿Qué sonrisas la acariciarán?

No importa. Nada importa cuando el amor ha sido tan grande. Nada sucumbe al fastidio. Nada impide que los deseos se realicen. Ambos sabemos que la imaginación es poderosa, que se cruza en nuestros sueños, en nuestra respiración. Aquel único detalle viviente se convierte en la flor que acaba de germinar, la que me traerá pétalos al alba, de colores de arco iris, y se convertirá en aquello que ambos acariciamos, y que tú pusiste en un rincón y yo miré a mi alrededor para cerciorarme de que, ciertamente, tus manías significaban que, irremediablemente, te habías propuesto hacerme feliz.”

Imagen: Beata Szpura

A Ti

“Me dejaste beber la copa de vino,

sin darte cuenta, o quizás sabías bien

lo que hacías aquella tarde sorpresiva.

Me enseñaste a amar lo imposible,

me enseñaste a no dudar de mí misma.

No sabría decir cuál es el balance

de todo aquello, después del tiempo.

Pero se que todavía mis labios te mencionan,

y te veo plasmado en aquel personaje

que un día descubrí

y viví,

como si fuera aquella tarde,

o aquella mañana,

con tus ojos serios,

quizá tristes,

no lo sé,

enfadados,

eso sí lo sé;

pero, ¿qué se escondía tras ellos?

El trabalenguas de mi alma no lo supo descifrar,

y dejo que el tiempo procure

que tú tampoco puedas descifrar los tuyos.

Aunque algo me dice que estabas convencido,

pero temeroso,

temeroso y apasionado.

Y aquello fue una rendición, y un adiós.

Sin embargo, te siento presente,

siempre te siento presente.

Sé dónde estás, lo que haces, lo que te ocurre,

desde lejos llego a tu recóndita alma,

y te llamo, sin pérdida de cordura,

para decirte que sé quién eres

y quien soy yo,

este par de humanos incapaces de hablar

lo que el alma, temerosa, intenta proteger,

mientras el amor divino es tan fácil de expresar

y sentir.

Me enseñaste a amar lo imposible.

Me enseñaste a decirte adiós.”

Imagen: Los Enamorados,-escena galante- Jean-Marc Nattier