Andina y las guirnaldas

Cuántas guirnaldas adornaban la casa de Andina? Caían como por encanto sobre el jardín, cuando el viento se pronunciaba en asedio, tras los días de temprana dulzura de primavera. Los cielos tenían los tonos del azul escondido, ese azul que solo se puede ver en sueños. Los árboles tañían con sus ramas el vaivén del atardecer. Allí mismo, en aquel sendero habían aparecido los muchachos de la feria del pueblo, y todos ellos traían flores en guirnaldas para Andina.

Ella, desde la ventana los veía venir, desde los cristales húmedos por su aliento, por su risa, por su curiosidad. Andina, la hija del alguacil, la que sabe a amores mil, la que tiene los ojos de suave mirada, la de la sonrisa temprana, la que oye los pájaros cantar y se embelesa. Aquella misma.

Ellos llevaban un manto de amor en forma de guirnaldas. La habían visto pasear de la mano de su padre, hacía ya dos días. Y se lo habían prometido. En dos días será el cumpleaños de mi hija, venid con guirnaldas, traed flores, y yo os pagaré bien.

Ese azul conmovedor, esas risas que vienen de lejos, esos muchachos… Andina se aparta de la ventana, esperando que no la hayan visto. El lazo de su pelo va cayendo, dichoso, por entre las almohadas y ella se deja caer sobre su cama. Esperando.

La casa se ha llenado de guirnaldas. De perfumes y de emociones. Los muchachos la llaman desde el árbol de tristes hojas, caídas como lágrimas en abanicos sin orden…. Y la llaman.

Ha pasado cierto tiempo. Caen las piedras de la parte alta. De la ventana no sale nada. Ni siquera humo, ni siquiera la luz de una llama. Las guirnaldas se fueron con el viento, arrastradas hacia la maleza, hacia un lago oscuro, hacia el horizonte incierto.

Andina ya no está. Se la llevaron los guardias, la amenazaron. Y la sacaron del pueblo.

Eran otros tiempos. Tiempos en los que Andina no podía mantener el reloj de su vida. Tiempos de lucha, de olvido, de reyertas.

Andina se fue. Pero las guirnaldas se fueron con ella, y por algún camino todavía van dando vueltas alrededor de una luna de plata. Es el viento, es el lago, es el cuerpo de un fantasma, de un amor olvidado.

Imagen: lorde3

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VUELTA ABAJO **

Imagen: © Anthony Redpath/Corbis

¿Cuánto tiempo había pasado desde que se fué de la aldea? Y, sin embargo, allí estaba, con el rostro feliz y suave, como en los viejos tiempos. Todavía llevaba el pelo con el mismo corte, años cincuenta, tupé alto y engominado. ¿Cómo podía ser?

Ciertamente, Don Esteban pensaba eso mismo. El ahora tenía las piernas cansadas, la vista débil para leer las cuentas del bar, los oídos un poco abotargados, y el habla más lenta. Su mirada clavada en la de aquel visitante parecía salida de un cuadro, inmóvil, directa, y sobretodo llena de incógnitas. Mientras el visitante todavía permanecía en el quicio de la puerta, Don Esteban paño y vaso en mano le preguntó balbuceando si era él, en verdad, si se trataba del mismo, si no era un hijo con un físico clavado al de su padre. Pero la lluvia estaba arreciando de nuevo, y su voz se quedó en la distancia, difícil de comprender.

El visitante volvió el rostro a la lluvia, levantó los ojos y contempló las nubes atizonadas que mostraban una tormenta. Sin paraguas, tenía el cuerpo encharcado, y decidió entrar a guarecerse.

Se acercó al mostrador, donde Don Esteban seguía con aquella mirada de borrego confundido. Este no sabía qué hacer exactamente. Por su mente pasaban los recuerdos que tenía de aquel muchacho con su mismo rostro, aquel muchacho que había segado con él en los campos, hacía tantos años ya. El mismo con quien celebró las fiestas de su juventud, con quien compartió los primeros desengaños amorosos. Ahí estaba aquel joven, bien puesto y dispuesto, a pesar de que la lluvia lo hubiese calado hasta los huesos. Y sin embargo él, Don Esteban, tenía ya una prole creada, más que prole era yan descendientes lo que tenía, contando los dos nietos de su hija Isabel. Ahora ya no habían desengaños que contar, sino paseos a los nietos por el parque del pueblo.

El visitante vio cómo Don Esteban mantenía esa mirada entre soñoliento y asustado, y, simplemente, sonrió. Don Esteban vio la hilera de dientes, sin faltar ni uno, y se conmovió.

¿Quién eres? Tú no puedes ser Amalio, eso es imposible.  ¿Quién eres?, repitió.

Amalio Contreras Barbogal, nacido en 1938, vecino de Rocafría, en el partido de Terviente. Un joven respetable, hijo de Ceferino Contreras y de Cándida Barbogal, hermano de Luis, Carlos y José. Desaparecido. Desaparecido. Desaparecido.

Las palabras resonaban en su cabeza como mazazos, todavía. Su entonces novia, Miguela, le había leído el parte de la guardia civil. Su amigo de toda la vida se esfumó y hoy volvía con aquella lluvia violenta por momentos, que amenazaba otra de las famosas riadas en el pueblo.

Ahí estaba el visitante, mirando a Don Esteban, con el rostro medio jocoso, diciéndole no te preocupes, Esteban, tranquilízate, sí soy yo. No te asustes.

Y Don Esteban dejó caer el vaso, y sin siquiera mirar cómo o dónde caía, le dijo que sí estaba asustado. No comprendo cómo has venido a parar aquí ni por qué. Esto no puede ser un sueño. No me estoy muriendo, ¿verdad? Su voz ahora balbuceaba como la de un chiquillo que no comprende el por qué de las cosas.

Y así, Emilio, aquel Emilio que no había cambiado, miró el mostrador, tomó el paño de las manos tensas de su interlocutor, y recogió despacio los trozos de vidrio roto, mientras la lluvia se transformaba allá afuera en verdadero aguacero. Lo envolvió todo y lo dejó sobre el mostrador, y mirando a Don Esteban, le dijo como quien no quiere la cosa:

Anda, sírveme un café.

VUELTA ABAJO *

Presagio

Sé que me llamarás a gritos, a pesar de ser únicamente yo quien pueda escucharte. En el horizonte las aguas izarán sus manos, como para atraer a esta pobre alma al sino doloroso de una corta vida. Sé que, a pesar de todo, llegaré hasta tí, que mi mano se soltará de quien me ama, sin que se de cuenta; que andaré hasta no saber porqué lo hago, cuando ya sea tarde para reflexionar.
Sé que, cuando tu mano me robe la posibilidad de volver, cuando me engulla el destierro precipitado, mi alma dejará de soñar
para contemplar
el hilo suave que, como amarra de barco, me arrastrará hacia arriba,
aunque yo apenas me de cuenta.
Sé que una mano invisible empujará este cuerpo hacia el aire, con la fuerza y rapidez de una madre al salvar al niño
del peligro inexorable.
Al sentir esa mano, desaparecerás.
Y una mano diferente ocupará tu lugar, perdida entre rocas de suave sal, mirando y buscando
alguna huella en el mar.
Sé que cambiará mi mundo, o que el mundo me cambiará.
Y la vida será la muerte, y la muerte la vida,
y no temeré los designios que la razón desconoce,
y que tanto tienen de felicidad.

Evocación – recuerdo de una experiencia cercana a la muerte